El maravilloso mundo de los proyectos de fin de carrera (vol. IV)
EL PROYECTO DE UNA MUJER DESESPERADA
Como lo prometido es deuda, allá va mi experiencia con el proyecto de fin de carrera. Como la mayoría de nuestra promoción, he tenido que dejármelo para septiembre (es lo único que me queda) porque nadie ha sido capaz de organizar bien esta asignatura, sobre todo la coordinadora. La verdad es que yo he tenido muy buena suerte con mi tutora porque en cuanto le propuse el proyecto aceptó encantada y se encargó de “domar” a la coordinadora, que vio el cielo abierto y pensó: “qué bien, menos trabajo para mí”.
No sé si elegí el proyecto porque me gustaba o porque tenía muchas posibilidades de conseguir a mi tutora. Eso lo dejo para mi subconsciente, algo de lo que estoy aprendiendo mucho porque, desde que leo a Freud, no hago na’ más que ver incestos y espíritus demoníacos por todas partes. El caso es que mi tutora es un poco borde y burra, pero es un sol y se está portando fenomenal conmigo; tanto que ya he olvidado la vez que me dijo “tu problema es que no quieres venir a Madrid a coger libros”, así como si tuviera idea de mi vida. Claro, no tengo ni idea de cuánto cobra un profesor de universidad, pero desde luego con mi espléndido sueldo no puedo permitirme gastarme 30 euros en ir en AVE a Madrid sólo para mirar libros en una biblioteca. Pero claro, las penas al psicólogo, que los profesores bastante tienen con lo suyo (y los psicólogos tienen que ganar pasta con algo).
Mi tutora se ganó mi corazón el día que hicimos la tutoría en el Starbucks. Es una verdad universal que todo aquel que me lleva al Starbucks tiene para siempre un hueco en mi corazón. Así que un tutoría de hora y media se hace más llevadera delante de un granizado de frutas.
El caso es que yo con el proyecto estoy aprendiendo muchísimas cosas, sobre todo cosas que no tienen ninguna relación con él.
Lo que más estoy aprendiendo es inglés. Que yo llego a saber que no hay libros sobre televisión norteamericana en español y me pongo a estudiar cómo crecen las habichuelas en el campo. Pero no lo pensé mucho y una vez que me decido por algo suelo ser muy cabezona. Así que allá estoy yo todas las mañanas en la biblioteca con mis tropecientos libros en inglés y mi diccionario amarillito de bolsillo, que lo tengo desde el colegio y seguro que desde entonces hay palabras que ya no existen. Estoy segura de que quien me tenga que evaluar no sabe que utilizo este diccionario, porque si no me suspendería directamente.
También he aprendido a leer “sólo” el índice de los libros. Para buscar lo que me interesa y pasar totalmente de lo demás, que tiempo no hay pa’ andar moneando. Lo cierto es que se entiende mejor a los norteamericanos escribiendo en inglés que a los españoles escribiendo en español. Yo creo que el español lo codifican para que no entendamos nada. A ver, uno lee en un libro americano algo así como “el cable aplasta a las networks en la batalla por la audiencia específica” y te hacen los ojos chiribitas y te dan ganas de leer, porque parece que te van a hablar de la guerra de las galaxias y del señor de los anillos a la vez, por lo menos. Y un español suele escribir cosas del tipo “la fragmentación y la hibridación genérica del audiovisual norteamericano en el contexto de las transformaciones internas del sistema de radiodifusión” y una se va directamente a ver la tele, o a dormir. Estos ejemplos me los acabo de inventar, pero no creáis que exagero mucho.
Lo que también estoy aprendiendo es a hacer fotocopias, habilidad que no descarto que me valga para mi futuro laboral inmediato. He aprendido a fotocopiar por mí misma utilizando las tarjetitas tan monas que dan en la universidad (hasta que la fotocopiadora se atasca y la única posibilidad que queda es huir). He aprendido a colarme en el trabajo de mi padre y adueñarme de la fotocopiadora hasta que me canso de estar de pie. Y he aprendido a conseguir que me lo fotocopien en una tienda, al más puro estilo mafioso, hablando con eufemismos y sin decir nunca de qué producto estamos hablando. Vamos, que estoy segura que te tocan más años de cárcel por fotocopiar libros que por traficar con cocaína. Como si yo tuviera la culpa de que los libros que me tengo que leer (en inglés) no existan en España.
Aunque ya comienzo a ver la luz al final del túnel (o he empezado a resignarme, quizá) he pasado por momentos de gran ansiedad (supongo que como todos). Por eso mi propuesta es crear un teléfono de ayuda al alumno, al más puro estilo alcohólicos anónimos. La idea consistiría en tener un tutor al otro lado del teléfono 24 horas al día para que nos disuadiera de cometer una locura en un momento de ofuscación. El tutor nos haría sentarnos frente a los libros (en inglés), mirarlos fijamente y decir: “yo soy más fuerte que vosotros, os venceré”. Participaríamos en reuniones colectivas de catarsis donde nos levantaríamos y diríamos: “soy fulanita y quiero matar a la coordinadora” o cualquier sinceridad semejante. A estas alturas poco más puedo proponer. Sólo espero que esta época pase ya y me quede alguna que otra neurona para ir a celebrar con mis amigas que por fin nos licenciamos.



soybecaria dijo
Veo que no has incluido mi teoría conspiratoria en tu proyecto.
12 Julio 2008 | 07:32 PM