Un retrovisor de mi coche está roto (lo que viene siendo la parte de cristal), mi novio se ha enfadado conmigo, mis padres no me cogen el teléfono, tengo un trancazo del copón, me han adelantado dos exámenes y en dos semanas me voy al paro de los becarios. Pero hoy todo eso no importa, porque he conseguido una agenda.

Mentira, he conseguido dos (pero sólo me he quedado con una). Primero he ido a la secretaria, a ver si había suerte y habían pasado ya a la lista de espera. Pues sí, sí que habían pasado a la lista de espera. Sólo quedaba una agenda, así que ha sido para mí.

La segunda agenda ha venido de una compañera a la que, por alguna extraña razón, le correspondían dos agendas (¿ella dos y yo me he tenido que apuntar en espera?). Me la ha dado pero yo ya tenía la mía propia, así que se la he dado a otro compañero, que sí tenía derecho a agenda (es lo que tiene estar contratado, que la empresa te tiene en cuenta) pero se había quedado sin ella por no ir a pedirla.

"Hasta la becaria tiene agenda". Pues te regalo la que me sobra, tú no te preocupes. "¡Gracias!". De nada, hombre. Yo sólo quería la agenda porque me parecía muy cutre que una empresa tan grande y con tantísimo dinero no sea capaz de darles agendas a los becarios.

La agenda es un logro muy pequeñito comparado con todo lo que no voy a conseguir, como no ir al paro de los becarios. Y como sé que esta vez no habrá renovación de contrato (de hacerme fija ya ni hablamos), haré lo que dice un conocido refrán: "Pa' lo que me queda en el convento, me cago dentro".